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Se puede entender el carácter de una ciudad a través de su sonido?


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Existe en el teatro un concepto llamado “rabarba”. Se refiere a ese murmullo vacío de multitud que llega desde el fondo. Pues bien, ¿podría esa rabarba ser en realidad uno de los elementos esenciales que construyen la identidad de las ciudades? ¿Se puede entender el carácter de una ciudad a través de su sonido? ¿Puede leerse la ciudad con el oído? Sin duda, el carácter de una ciudad no se esconde solo en su silueta, sino también en su sonido. En este ensayo invito a los lectores a volver a leer la ciudad a través del ruido, el silencio, la voz de los niños, el agua y la multitud.

A lo largo de los años, cuando miraba las fotografías que tomé en distintas ciudades —a veces en medio de un paseo, a veces de regreso, y a veces simplemente porque no podía aceptar dejar escapar aquel instante—, si la ciudad había dejado huella, siempre volvía a mi oído el sonido de ese momento… Eso me hizo pensar una y otra vez en lo mismo: Se cree que una ciudad se ve primero, pero en realidad se oye primero. A veces bajo las luces que se extienden lentamente sobre la noche junto a una línea costera, a veces en el zumbido que se posa sobre el hombro de una calle abarrotada, y otras en una mañana en la que la nieve amortigua un poco todo, la ciudad le quita al ojo la tarea de leer su carácter y se la entrega al oído. El ojo elige muchas cosas según su gusto. El oído, en cambio, aprecia menos el adorno y se deja engañar menos.

Panorama costero de Izmir (27 de junio de 2014)
Panorama costero (Izmir – 27 de junio de 2014)

Para conocer una ciudad, a veces no basta con levantar la cabeza y mirar las fachadas; hay que guardar silencio un momento y escuchar. Porque lo que llamamos ciudad no está hecho solo de piedra, asfalto, árboles, edificios y vacíos. También está hecho de la manera en que todas esas cosas hablan entre sí. La carretera tiene un sonido, el viento al tocar una acera tiene un sonido, la multitud tiene un ritmo que organiza dentro de sí. Incluso el silencio tiene un sonido; a veces da paz, a veces inquietud, y a veces hace sentir que la vida pública allí se ha adelgazado, se ha retirado, ha comenzado a retroceder. A través del sonido de una ciudad puede leerse mucho más de lo que parece sobre lo que valora, sobre a quién coloca en el centro y a quién deja en los márgenes.

El ojo elige muchas cosas según su gusto. El oído, en cambio, aprecia menos el adorno y se deja engañar menos.

La imagen muchas veces puede maquillarse. Si una plaza se fotografía desde un buen encuadre, puede parecer más ordenada, más amplia, más acogedora de lo que realmente es. Pero el sonido no se pule tan fácilmente. Donde domina el sonido de los motores, el peatón queda en segundo plano. Donde se oyen constantemente bocinas, frenos, escape y una sensación de prisa, esa ciudad ha sido construida en torno a la velocidad; no para las personas, sino para el flujo. En cambio, allí donde los pasos, los encuentros breves, la risa lejana de los niños, el agua, los pájaros o una brisa ligera pueden existir sin aplastarse entre sí, comienza a aparecer otra idea de ciudad. Allí la vida no solo continúa; allí, en cierta medida, se vive.

Las ciudades costeras son especialmente interesantes en este sentido. Las ciudades construidas junto al mar suelen describirse únicamente por sus paisajes. Sin embargo, la verdadera historia suele estar escondida en capas de sonido. La relación entre la ola y el pavimento duro, la leve huella metálica que deja la rueda de una bicicleta en el paseo marítimo, las medias conversaciones de quienes están sentados en los bancos, el ritmo desacelerado de la caminata unos pasos más allá… Todo eso revela la dimensión pública de esa ciudad. Existe una diferencia clara entre el sonido de la persona que camina por la costa y el del vehículo que pasa a gran velocidad: uno se instala en la ciudad, el otro la atraviesa partiéndola. Por muy concurrido que esté un frente marítimo, si esa multitud puede construir un equilibrio acústico sin asfixiarse a sí misma, entonces la vida pública allí quizá no se haya formado de manera tosca, sino madura.

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Planificación costera (Samsun - 21 de julio de 2025)
Planificación costera (Samsun – 21 de julio de 2025)
Planificación de la ribera del Porsuk (Eskişehir - 15 de junio de 2025)
Planificación de la ribera del Porsuk (Eskişehir – 15 de junio de 2025)

Las calles concurridas, por su parte, muestran otro rostro de la ciudad. Cuando uno entra en un gran eje peatonal, lo primero que suele percibir no es la arquitectura, sino la densidad. Y esa densidad también tiene su propio sonido. Los pasos se superponen, el llamado lejano de un vendedor destaca por un instante, las conversaciones frente a los escaparates se mezclan con el flujo, el sonido de los rieles o la fricción de los neumáticos traza una línea delgada entre todo eso. En esos lugares la ciudad se vuelve un poco más anónima. La persona se vuelve invisible dentro de la multitud y, al mismo tiempo, pertenece a ella. Quizá esa sea una de las contradicciones más antiguas de la gran ciudad: La multitud le da a la persona tanto soledad como pertenencia. A través del sonido, la ciudad te absorbe y al mismo tiempo deja en ti un cansancio frente a la gente.

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Avenida Istiklal (Estambul – 2 de noviembre de 2014)

El carácter de una ciudad no solo se esconde en cómo se ve, sino también en aquello que obliga a escuchar a sus habitantes.

Los mercados, bazares y espacios comerciales semicubiertos hacen audible con mucha claridad la columna vertebral social de una ciudad. Allí el sonido es más áspero, pero también más vivo. El sonido del regateo, los llamados, el roce de las bolsas, el ruido del suelo mojado bajo los pies hacen rozar entre sí las capas sociales de la vida cotidiana bajo un mismo techo. En estos lugares la ciudad no es estéril; quizá sea un poco agotadora, pero es auténtica. Porque lo que allí se oye no es la versión ordenada de la vida, sino la vida en algo cercano a su forma cruda. A veces el carácter de una ciudad se entiende mejor precisamente aquí: allí donde no es perfecta, donde afloja un poco el control, donde permite que la vida cotidiana componga su propia música.

Mercado de mujeres (Bartın - 9 de enero de 2018)
Mercado de mujeres (Bartın – 9 de enero de 2018)
Área de mercado (Kırşehir - 18 de agosto de 2014)
Área de mercado (Kırşehir – 18 de agosto de 2014)

El sonido de la juventud en una ciudad también importa especialmente. Porque la juventud no solo usa el espacio público; también es una fuerza social que le da tempo. Parques de skate, áreas para patines, muros, escalones, barandillas, superficies de hormigón vacías… Los lugares que la mirada adulta suele considerar espacios residuales pueden convertirse para los jóvenes en los escenarios más vivos de la ciudad. El sonido de las ruedas, la risa, ese breve silencio entre el intento y la caída, el ritmo que crea un grupo de amigos dentro de sí… Todo eso puede parecer desordenado, pero en realidad es una declaración acústica del derecho a existir en la ciudad. Si el sonido de la juventud se reprime demasiado en una ciudad, esa ciudad puede ser ordenada, pero también es un poco vieja. Un poco ruidosos, un poco dispersos, a veces llenos de ecos metálicos, estos sonidos muestran que la vida pública sigue abierta.

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Jardín Nacional de la Capital (Ankara - 27 de abril de 2025)
Jardín Nacional de la Capital (Ankara – 27 de abril de 2025)

La voz de los niños también es decisiva, aunque es una señal más frágil. Si en una ciudad no se escucha a los niños, eso no significa solamente que están en casa. Tal vez la calle ya no sea segura para ellos. Tal vez la velocidad haya aumentado demasiado. Tal vez los adultos hayan ocupado el espacio público hasta tal punto que el niño haya quedado comprimido en pequeñas áreas asignadas. Sin embargo, la voz de los niños es una de las señales de cuán abierta sigue estando una ciudad al futuro. Porque la voz de los niños es imprevista, un poco sorprendida, un poco desbordada; y precisamente por eso es una prueba poderosa de que el espacio público está vivo. A medida que la ciudad se construye para el paso sin fricción de los adultos, pierde su voz; o más bien, se reduce a un solo sonido: el sonido de un sistema que funciona, pero no vive.

En las ciudades históricas, este asunto se vuelve aún más estratificado. Hay lugares donde el sonido del agua y la sirena de un ferry, las gaviotas y la multitud humana, el llamado a la oración y el ruido del motor, la pendiente y la costa existen dentro de una misma textura acústica. Tales ciudades no son solo grandes; son polifónicas. Y esa polifonía no siempre significa armonía. A veces significa choque, a veces superposición, y a veces el aplastamiento de un sonido por otro. Pero aun así, esa estructura estratificada mantiene viva la memoria de la ciudad. Porque la historia no continúa solo en los edificios de piedra; también continúa en los regímenes sonoros. El sonido de una ciudad portuaria no es el mismo que el de una ciudad de estepa. El sonido de un centro comercial no carga el mismo peso que el de una ciudad fronteriza.

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2 de noviembre de 2014 Estambul

Cuando cae la noche, el sonido de las ciudades cambia, pero no desaparece. De hecho, algunas ciudades revelan su verdadera identidad precisamente por la noche. Vistas desde arriba, las luces producen primero una sensación de silencio; sin embargo, ese silencio es engañoso. Cada luz lleva consigo una vida interior. El zumbido de una carretera invisible a lo lejos, las conversaciones que suben desde una calle lateral, los sonidos mecánicos del puerto, los movimientos de una ciudad en pendiente que se pliega sobre sí misma… La noche no reduce el sonido; lo vuelve invisible. Quizá por eso, cuando observamos las ciudades nocturnas, nuestro oído trabaja un poco más con la imaginación. Miramos las luces, pero en realidad pensamos en lo que podríamos estar oyendo.

1 de septiembre de 2014 vista nocturna de Trabzon
1 de septiembre de 2014 Trabzon

En las ciudades de invierno, en cambio, el sonido adquiere con la estación un carácter completamente distinto. Cuando cae la nieve, la ciudad deja de ser de pronto la misma ciudad. El eco de las superficies duras se suaviza, el sonido de las ruedas se vuelve más pesado, la sensación de distancia cambia, y la huella y el paso casi se aproximan. La nieve también cubre la acústica. Por eso las ciudades invernales no siempre suenan más tranquilas; a menudo suenan más replegadas sobre sí mismas. Empujan a las personas del exterior hacia el interior, de lo público hacia lo más privado. Pero justamente por eso el sonido de una ciudad bajo la nieve es tan instructivo. Porque en ese momento se entiende mejor qué sonidos siguen vivos: el raspar de una pala, un motor lejano, conversaciones breves que salen de entre abrigos gruesos, el ritmo de alguien abriéndose paso por la nieve. El invierno filtra los sonidos innecesarios de la ciudad y revela su columna vertebral.

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23 de marzo de 2024 calle nevada en Erzurum
23 de marzo de 2024 Erzurum

Pero la ciudad no se construye solo con sonidos naturales y sonidos cotidianos; también existen sonidos simbólicos. La relación entre la bandera y el viento, los momentos ceremoniales de una plaza, el silencio alrededor de un monumento, las contrapartes acústicas de la memoria histórica… Estos se oyen con menos frecuencia, pero penetran más profundamente. Una ciudad puede convertirse a veces en el sonido de una nación, otras en el de una memoria compartida, otras en el de una emoción llevada durante mucho tiempo. Por eso comprender una ciudad significa comprender no solo qué sonidos están presentes en ella, sino también qué sonidos se retiran con respeto. El silencio, no menos que el sonido, está culturalmente construido.

11 de septiembre de 2014 Kastamonu
11 de septiembre de 2014 Kastamonu

Al hablar del sonido de las ciudades, es difícil pasar por alto la cuestión de clase. Porque no todos los barrios producen el mismo sonido, o más bien, no todos los barrios están expuestos al mismo sonido. En las zonas acomodadas puede haber un silencio filtrado, una acústica suavizada por los árboles y un orden de tráfico controlado. En los barrios más frágiles, en cambio, conviven la alta velocidad, las superficies duras, el tráfico denso, la infraestructura irregular y el ruido mecánico. El problema aquí no son solo los decibelios. El problema es quién está obligado a vivir constantemente con qué sonidos. La justicia espacial es también, en parte, justicia acústica. Lo que oye un niño al abrir la ventana, entre qué sonidos se sienta una persona mayor en un banco, si un estudiante puede o no escuchar sus propios pensamientos al caminar, todo eso forma parte de los componentes invisibles del derecho a la ciudad.

Las ciudades construidas para el ojo llaman la atención. Las ciudades pensadas para el oído permanecen en la memoria.

Algunas ciudades despiertan con el mercado de la mañana, otras con los ferris, otras con el tranvía, otras con el pesado zumbido del tráfico. En algunas, al atardecer, el frente costero mezcla las voces humanas con el agua; en otras, la vida se retira cuando empieza a caer la nieve. Pero en todos los casos sigue siendo importante la misma pregunta: ¿estos sonidos se aplastan entre sí o logran formar juntos un ritmo de vida? Una buena ciudad quizá no sea una ciudad completamente silenciosa. Una ciudad enteramente silenciosa suele ser o bien abandonada o excesivamente controlada. La ciudad más habitable es aquella en la que los sonidos correctos pueden existir sin sofocarse unos a otros. Una ciudad donde la voz de los niños no quede ahogada por las bocinas, donde el ritmo de la caminata no sea roto por los motores, donde el agua pueda escucharse de verdad, donde el viento pueda sentirse no solo en su dureza sino también en su presencia.

Al final, parece que la cuestión se reduce quizá a esto: El carácter de una ciudad no solo se esconde en cómo se ve, sino también en aquello que obliga a escuchar a sus habitantes. Porque el sonido lleva las huellas del poder, de la vida cotidiana, de la memoria y del cansancio. Algunas ciudades se quedan en el oído como una frase imperativa agotadora; otras siguen circulando por la mente como una melodía mucho tiempo después. El buen diseño quizá consista un poco en eso: reducir lo que no debería oírse y abrir espacio a lo que sí merece sonar. Las ciudades construidas para el ojo llaman la atención. Las ciudades pensadas también para el oído permanecen en la memoria.

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